Especial Hans Belting, «Antropología de la imagen», capítulo 4

A partir de la fecha, se iniciará la serie de entradas donde transcribiré informes de capítulos de los libros leídos, relacionados con el arte, la tecnología y la cultura de la imagen en general. Los informes serán escritos una vez por semana, los cuales tendrán el resumen y la reflexión del capítulo leído del libro en específico. En esta ocasión he decidido comenzar por el libro «Antropología de la imagen» de Hans Belting. Espero lo disfruten y me acompañen en el camino de brindar información a todo aquel que esté interesado en saber más acerca del arte.

Antropología de la imagen. Informe del capítulo 4 de Belting

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Cuando se habla del cuadro como un medio de la imagen, no es posible ignorar que tenía un parangón con el escudo de armas, cuya historia se extiende de mucho más atrás (Belting, 2009). Justamente podría hablarse de un antecedente, si se toma al escudo de armas no como una “imagen de un cuerpo” sino como “signo” de un cuerpo, caracterizando al portador de una genealogía familiar o territorial, definiendo a un cuerpo con rango.

“Las circunstancias que nos ocupan son propicias par agudizar la mirada respecto de la complejidad del concepto de medio” (Belting, 2009, pp 114). Tanto el retrato como el escudo, como representación, se separan tanto que prácticamente se corroboran por oposición. Esa contradicción sólo comienza a manifestarse cuando la leemos en el uso simbólico del medio, que en uno y otro caso se distingue de manera muy específica.

Los escudos ocupaban el lugar de alguien o vinculaban su cuerpo con un signo de su rango y del ámbito de su señorío. Con el tiempo, solo se ha conservado  un número reducido de escudos con la insignia de sus armas, pues la posterior era del coleccionismo de arte no los consideró obra de artistas. Así, en su transmisión, surgió una asimetría entre el escudo en una tabla y la tabla con imágenes de figuras, lo que en la actualidad entorpece la perspectiva de la relación histórica en lo relativo a su rivalidad intermedial.

En el caso de la heráldica se debe señalar una distinción importante entre el blasón, como escudo de armas, y el escudo con el blasón, como su medio portador. En el caso de los blasones, los “ecus” o escudos de arma eran privilegio de señores feudales, mientras que los blasones en sentido estricto fueron retomados por la clase burguesa. El portador del escudo no solo es copia de un cuerpo sino que, a la vez, en tanto objeto, posee también un cuerpo físico: un cuerpo funcional para el ritual de la representación. El medio de un portador autónomo es primordial en esta distinción.

El escudo y el retrato son portadores de una referencia corporal cuyo sentido es tan distinto como su resultado. El escudo, en tanto signo de una familia y un señorío ligado a familias de la alta nobleza, era heredable y, por lo tanto, constituía a la identificación de una genealogía portada por cuerpos. El retrato, por el contrario, dentro de la sucesión genealógica en que el escudo era transmitido, significaba únicamente al portador vivo del nombre en su cuerpo mortal de persona. Pero al mismo tiempo, este cuerpo llevaba en su fisonomía su privilegio genealógico como cuerpo de rango, y poseía tanto un nombre individual como uno familiar.

La relación con el cuerpo que comparten el escudo y el retrato los conduce asimismo a una oposición simbólica y estética. Un rostro que aparece en un retrato forma parte del cuerpo natural al que pertenece, y al mismo tiempo lo representa. Esta representación, a diferencia del “rostro” heráldico del escudo de armas, se encuentra bajo el impulso de una mímesis corporal. El retrato, en tanto expresa una mirada, anula con esta mímesis la distancia con el rostro viviente.

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El cuadro de retrato, en cuanto abandonó la vista de perfil de una rígida figura heráldica, introdujo la metáfora de la ventana, con el fin de traspasar la superficie del medio y hacernos dirigir la mirada a través del marco. El cambio en la frontalidad fue lo que apartó al retrato del escudo, puesto que debía formar un “concepto de cuerpo” verdadero, lo que en consecuencia transformó también el “concepto de imagen”.

El humanismo significó la liberación polémica del pensamiento heráldico y la resistencia a aceptar una jerarquía del cuerpo social. El concepto de sujeto se desarrolló por etapas a partir de un concepto de cuerpo que en cierto modo fue “puesto en imagen”. El humanismo utilizó la descripción corporal para plantear su imagen del ser humano de manera antitética en contra de las circunstancias antiguas. El retrato de los humanistas se encontraba de antemano bajo condiciones especiales debido a que la clase ilustrada era dueña de una naturalidad en busca de expresión.

En la confrontación del retrato con la heráldica no se trata solamente del conflicto elemental entre imagen y signo. Más aún, se confrontaban dos rostros de distinto tipo, el natural y el heráldico. Ambos se distanciaron tanto en lo referente al concepto de persona, que llegaron hasta un desenlace en el que el retrato fisonómico, enriquecido por el lenguaje retórico de las imágenes del Renacimiento, quedó como vencedor de la contienda.

Muchos toman al retrato como la metonimia de un ser querido, más cuando éste ya no se encuentra a su lado. Por mucho tiempo, en algunas tribus, no permitían que se les fotografiaran, dado que creían que, así, les robarían el alma. Y cuando vemos el retrato de una persona, y más si la conocíamos y falleció, sentimos que esa persona siempre nos está observando, que aún está ahí. También están los que, al ver el retrato de una persona, se fija mucho en su expresión y en las facciones de su rostro. Incluso, tiende a idealizar al retratado o a la retratada, imaginándose cómo habrá sido o, en el caso de que siga con vida, cuál es su pensamiento o cómo es su comportamiento. Un retrato puede decir muchas cosas. Puede demostrar que, al menos, esa persona existió y accedió a que se le retratara para, así, dejar una parte de sí cuando se traslade a otro lugar. Será por eso que muchos artistas se autorretratan, queriendo mostrar cómo son o cómo desearían ser. Incluso, hay artistas que se autorretrataron para reflejar sus sentimientos sobre ciertos acontecimientos que le marcaron la vida, como en el caso de Frida Kahlo, quien es una artista que se caracteriza por sus autorretratos drásticos y desmotivadores. Otro artista que se autorretrataba y que vivió en el Renacimiento fue Durero quien, incluso, mostró un narcisismo sobre su persona al retratarse a sí mismo como Cristo, con la mirada de frente y desafiando al espectador.

El escudo, que más bien era más la representación de una familia que la de una persona individual, ha quedado atrás con respecto al retrato. Ya nadie realiza escudos, con el símbolo de su linaje. Sin embargo, todavía se conservan escudos que representan diversos apellidos comunes en la actualidad, como “Fernández”, o “Cáceres”. Es interesante investigar sobre el origen de los apellidos, conocer las distintas derivaciones y saber que, además, tiene su propio escudo. Aunque en el presente el tema del linaje, la dinastía o el apellido ya perdió importancia, todavía hay muchos que se sorprenden cuando el hijo de un político, o el nieto de una superestrella se dan a conocer tomando la profesión de sus padres o abuelos. Sin embargo, a diferencia de la Edad Media, ninguno porta algún “escudo”, como representantes de sus familias. Y los que los llevan, son los monarcas europeos que todavía siguen ejerciendo sus roles, pero ya no como gobernadores, sino como representantes de sus respectivos países.

Si los escudos ya no representan a las familias actuales, entonces, ¿Qué les representa? Una respuesta sería el retrato. Es muy significativo que un famoso se retrate junto a toda su familia. Pasa mucho con los políticos que, a la hora de las elecciones, reúnen a su pareja e hijos para que les saquen las fotos o les filmen mientras hablan de sus promesas. Otra respuesta sería la profesión. Si el abuelo fue médico, el hijo también y el nieto lo será. Aquí se genera una imagen en que la familia completa se caracteriza por ejercer dicha profesión. Si un muchacho estudia medicina y sus padres son médicos, entonces genera más admiración e, incluso, todos lo elogian y reconocen sus logros. Ninguno porta un “escudo”, que lo llevan a todos lados como extensión de sus cuerpos. Solo tienen la profesión y las diversas fotografías en que se dejaron retratar como símbolos de su personalidad y de su profesionalismo.

Gracias a la conservación de escudos familiares, uno puede acceder a la información de los mismos, conocer sobre la historia de dicho escudo y, por ende, conocer la historia de sus orígenes. No siempre uno encuentra los retratos de sus antepasados. Lo máximo a lo que puede llegar es encontrar fotografías de sus bisabuelos o tatarabuelos, cuando aún no existían las cámaras digitales o cámaras analógicas compactas. Sin embargo, sí es posible encontrar el escudo familiar y conocer sobre su historia, informarse y valorar un poco más el apellido de sus padres, con el que lo identificaron al nacer y con el que uno mismo lo identificarán a sus hijos y éstos a los suyos. Con esto, se puede ver que un escudo también puede decir mucho de uno mismo, identificarse o no con su apellido y ser consiente que “la sangre” de sus antepasados todavía sigue recorriendo por sus venas. Y con el retrato de sus antepasados más cercanos puede apreciar sus rasgos físicos, sus expresiones y los parecidos familiares que tienen en común, a pesar de que apenas los recuerda o nunca los conoció. Si no heredó una basta fortuna, un terreno importante o un palacio, al menos sí heredó la imagen familiar, los rasgos físicos y el recuerdo de una familia que creció y sigue creciendo hasta la actualidad.

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