Especial Hans Belting, «Antropología de la imagen», capítulo 5

A partir de la fecha, se iniciará la serie de entradas donde transcribiré informes de capítulos de los libros leídos, relacionados con el arte, la tecnología y la cultura de la imagen en general. Los informes serán escritos una vez por semana, los cuales tendrán el resumen y la reflexión del capítulo leído del libro en específico. En esta ocasión he decidido comenzar por el libro «Antropología de la imagen» de Hans Belting. Espero lo disfruten y me acompañen en el camino de brindar información a todo aquel que esté interesado en saber más acerca del arte.

Informe del capítulo 5 de Antropología de la imagen – Belting

akenaton

La muerte siempre ha generado intrigas y cierto temor al ser humano. Por lo tanto es normal que se haya producido imágenes de la misma, así como también la representación de los muertos de acuerdo a las culturas o creencias religiosas. Sin embargo, para Belting, la antigua fuerza simbólica de las imágenes se ha disuelto y la muerte se ha convertido en algo tan abstracto, que dejó de ser el principal interrogante de la existencia. En realidad, esto ya se ha visto en los movimientos históricos de la Ilustración, en que argumentaban que ya no tenía sentido la producción de imágenes en el culto a los muertos, sustituyéndolos por recuerdos, como una encarnación en la conciencia de los vivos.

El miedo a la muerte, más que nada, se debe a cómo un cuerpo que se movía se convierte en una imagen muda, estática. “Los seres humanos quedaban desamparados ante la experiencia de que la vida, al morir, se transforma en su propia imagen” (Belting, 2009, pp 180). En el culto a los muertos, las imágenes fueron expresión de las prácticas que se representaban por medio de máscaras, pinturas, disfraces o momias. Al principio las imágenes se plasmaban directamente en el cuerpo del individuo, para luego manifestarse de manera independiente como una “comparación del cuerpo” y, finalmente, tomaban el lugar del difunto, de su cuerpo. Se han encontrado figuras provenientes del neolítico, en que las mismas evocan una experiencia con el cuerpo que sólo pudo haberse adquirido por medio del culto a los muertos. La “experiencia con el cuerpo”, que fue traspasada a las imágenes de los muertos, culmina con la “experiencia de la mirada”, que parte del rostro. La carne eliminada de los huesos era sustituida por la imagen, que los vestía nuevamente. En diversas civilizaciones, se ha usado a la máscara como una forma de reemplazar una presencia que ocupa la identidad vacía. Las estatuas con cráneos del neolítico portan máscaras, reproduciendo el rostro perdido como imagen incorporada al cuerpo. Antiguas civilizaciones como la egipcia usaron la máscara como un objeto de culto, simbolizando el cuerpo entero del difunto.

“El difunto evoca la conocida cuestión del dónde. Al perder el cuerpo, ha perdido también su lugar” (Belting, 2009, pp 191). Al principio, la concepción de un “más allá” fue la concepción de un lugar donde el difunto se habría marchado. Pero como el cuerpo permanecía, se le asignó un lugar en que pudiera “descansar”, lo cual generaron las tumbas que, actualmente, se las ubican en un cementerio. Sin embargo, la tumba es solo la imagen de un lugar fijo, porque los muertos no pueden ocuparla. Constituye una barrera que separa la vida de la muerte y que las protege una de la otra. Pero también es donde la vida y la muerte se encuentran. El entierro es una repetición gráfica de la muerte. La catástrofe de la muerte es sustituida por el control de la muerte, cuando la comunidad logra recuperar el orden mediante un acto festivo.

En el Antiguo Egipto, el culto a los muertos mostró un desarrollo particular de la imagen a los difuntos. La tumba, con sus descripciones e imágenes, era un lugar donde el orden social del mundo de los vivos se perpetuaba eternamente y quedaba ligado en el individuo en el “más allá”. La momia era la imagen en la que se transformaba un cadáver, manteniendo el cuerpo como un recipiente en el que se afirmaba al muerto.

En el Antiguo Oriente, la separación entre las imágenes de gobernantes vivos y la de los antepasados reales surgió a partir de que algunos reyes adquirieron el privilegio de la imagen aún en vida, colocando una imagen de sí mismos en el templo de la deidad. Con la muerte cambiaba el trato que se tenía con la imagen y, la misma, permanecía inalterada, ligándose al culto a los muertos. Era la encarnación permanente de una persona, más allá de la frontera entre la vida y la muerte.

En la cultura griega, el funeral de los héroes homéricos arroja luz sobre la manera de proceder con los cuerpos de los muertos. Los griegos practicaban la incineración de los difuntos, para luego reemplazarla con una imagen para el recuerdo de un cuerpo que permanecía tan hermoso como cuando estaba presente en la velación. La “muerte bella” ocultaba el verdadero rostro de la muerte, permaneciendo como uno de los principios fundamentales de la cultura funeraria griega. Platón realizó una crítica a las imágenes, defendiendo la memoria viva en contra de las memorias artificiales. Para él, solo los seres vivos son capaces de recordar, las imágenes solo duplican a la muerte por sí mismas.

En culturas como el judaísmo, se mantuvo la creencia de que Dios moldeó al hombre con el barro y, por lo tanto, observaron las técnicas de moldeado de figuras como un plagio al dios creador, prohibiendo la reproducción de esa clase de imágenes. Incluso los judíos tenían prohibido el de reproducir la imagen de Dios, dado que el mismo carecía de cuerpo y forma.

En la Antigua Roma, las imágenes del difunto ocupaban un lugar donde no había cuerpos. A las obras en imagen ya no se les exigía una presencia real que se entendiera como simbiosis con el alma. Ese lugar lo ocupó la memoria, sellando así la ausencia de los muertos. El cristianismo continuó con la división del “más allá” en dos partes. A partir de ahí, el significado de la muerte individual ha sido aplazado hasta el Juicio Final, donde uno debía temer a “la segunda muerte”. Las utopías cristianas pronto fueron traspuestas a las utopías sociales modernas, que solo ofrecen inmortalidad a la sociedad.

En la Modernidad, la discusión sobre la imagen y la muerte volvió a cobrar vida con la fotografía. La imagen fotográfica no es un “descubrimiento”, sino una “cosa hallada”, capaz de captar mediante luz un cuerpo de acuerdo con un tipo de verdad que solo la técnica puede garantizar (Belting, 2009). Al transcurrir el tiempo de exposición, toda imagen capturada cae en la trampa del tiempo. La muerte se distingue en el hecho de que es imposible tomar nuevas imágenes después de la vida. En el punto donde la vida y la muerte se encuentran, la imagen muestra un aura vital específica. Sin embargo, solo la muerte proporciona a nuestra memoria el significado que alguna vez dio vida a las imágenes. En otras culturas se ha reclamado el uso de una sola imagen para el culto a los antepasados, mientras que la multiplicación de imágenes en Occidente combate la relación con la muerte.

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Es interesante cómo Belting ha estudiado el tema de la muerte analizando diversas culturas, comparando los ritos que realizaban en el culto a los muertos y sobre esa creencia que siempre mantenían sobre la vida después de la muerte. La razón por la que en muchas prácticas religiosas recurrían a la momificación fue, más que nada, por la creencia de que, algún día, el alma regresaría a su cuerpo y volvería a resucitar. En nuestra cultura cristiana romana actual, aun se mantiene la idea de la resurrección de los cuerpos, por lo que la incineración está completamente prohibida dado que, así, el muerto “no podrá resucitar”. Sin embargo, cada día son más los que acceden a la cremación de los fallecidos ya sea porque no creen en la resurrección o por otros motivos. En cuanto a la momificación, se podría decir que la “criogenización” es un método moderno de “momificar” a los muertos, desde un punto de vista científico y tecnológico y con la idea de que la ciencia, en un futuro lejano, logrará vencer a la muerte y resucitar a los muertos conservados a temperaturas mínimas en grandes contenedores. A pesar de los “métodos modernos” en que se trata a los difuntos en la actualidad, todavía se usa la imagen para que ocupen el lugar del muerto. Es normal poner la foto de una persona fallecida junto a los santos para rezar por su alma, como recuerdo y para pedir protección de todo mal. Incluso, hasta ahora, a muchos indignan que no se valoricen las imágenes de personajes históricos que lucharon por sus ideologías o por un país mejor.

A pesar de lo que el autor exponga, todavía se utiliza las imágenes en memoria de los difuntos. Sin embargo, lo que más se valora es el recuerdo, la memoria. Incluso las imágenes virtuales son usadas para ese propósito, a pesar de que no posea “soporte” o no sea “tangible” y tienda a desaparecer con el tiempo. Pero no todo permanece. Ni siquiera lo “tangible” garantiza la eterna durabilidad. Así como las personas mueren, las imágenes también desaparecen, se desintegran, son destruidas… la destrucción de una imagen que representa a un líder o a un monarca representa su caída al poder. Si desaparece la imagen de una persona muerta, sea esta una fotografía, una pintura, un dibujo o una escultura, entonces también desaparece “parte de ella”, prácticamente deja de existir. El ser humano siempre ha sentido temor de la desaparición total de su imagen, de sus recuerdos, de todo aquello que dejó en el mundo como testimonio de su existencia. Los artistas demuestran ese temor con sus obras de arte, los escritores con sus libros y los gobernantes con la multiplicación de sus rostros o cuerpos por medio de las imágenes.

En la actualidad, casi nadie acude a los cementerios a visitar a sus parientes fallecidos. Pero eso no quiere decir que los olvide o no los honre. Simplemente mantiene en sus recuerdos los lindos momentos que pasaron y lo que vivieron mientras estuvieron todos juntos. Incluso muchos mantienen sus objetos personales, sus fotografías y todo aquello que le recuerda a la persona desaparecida, como una forma de mantenerlos a su lado aunque ya no se encuentren en estado físico, sino dentro de la mente. Y si pierde las fotos y los objetos del fallecido, lo mantendrá vivo en el recuerdo y el recuerdo de sus amigos. Una persona solo fallece cuando la última persona que la recuerda fallece también. Puede llevar unos pocos años o décadas. Solo unos cuantos tienen el privilegio de ser recordados a lo largo de los siglos. Aún así, siempre habrá algo que haya dejado el fallecido, algo que permanece y que, por más que nadie lo recuerde o lo relacione en su recuerdo, se quedará en el misterio de una existencia que pudo haber sido interesante o inquietante.

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