Especial Lourdes Mendez, «Antropología de la producción artística», capítulo 3.

A partir de la fecha, se iniciará la serie de entradas donde transcribiré informes de capítulos de los libros leídos, relacionados con el arte, la tecnología y la cultura de la imagen en general. Los informes serán escritos una vez por semana, los cuales tendrán el resumen y la reflexión del capítulo leído del libro en específico. En esta ocasión he decidido continuar con el libro «Antropología de la producción artística» de Lourdes Mendez. Espero lo disfruten y me acompañen en el camino de brindar información a todo aquel que esté interesado en saber más acerca del arte.

Informe del tercer capítulo de “Antropología de la producción artística”

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Los campos sociales no funcionan al margen del sistema social en que se ubican. Forman parte de él, en forma de diferentes campos de prácticas en donde se pueden distinguir los procesos que fomentan la perpetuación del sistema social dominante. Enfatizar desde los enfoques prácticos al análisis de las acciones desarrolladas por los sujetos no significa que se proponga una distinción entre lo “práctico” y lo “simbólico”. Lo que hay que hacer es acabar con esas oposiciones binarias que distorsionan el estudio científico de las relaciones sociales.

Bourdieu explica las modalidades que utiliza una sociedad para atribuir valor simbólico a las obras de arte, excluyendo a otras, relacionándose entre sí las diferentes categorías de actores sociales en lo que él llama el “campo de producción artística” (Lourdes Méndez, 1995). Su propuesta es el de transformar unos análisis que se ha centrado solamente en los objetos artísticos y que reactualizan la idea occidental del arte como actividad autónoma. Se centra en una teoría social más amplia, preocupada por el análisis de la economía de las prácticas. Defiende que, en esas sociedades, existe un “capital simbólico” cuya existencia se niega. Para él, la ideología “carismática” es la base sobre la que se asienta la creencia en el valor de la obra de arte. Aquella ideología hace que sólo sea relevante el artista, sin que surjan preguntas sobre de dónde proviene su notoriedad pública.

Generalmente, los antropólogos sólo se han preocupado por las actividades y obras de los artistas. Si la inquietud por no caer en el etnocentrismo ha calado hondo en la antropología, no se puede decir lo mismo de la de no caer en el androcentrismo (Lourdes Méndez, 1995). Los estudios sobre las mujeres, más bien, se realizaron como desenmascaramiento por parte de algunas científicas sociales del sistema ideológico sexual, como denunciando la desigualdad entre hombres y mujeres. Por esta razón, en muchas ocasiones, las investigaciones feministas son tachadas de ideológicas. Con estas denuncias, las teóricas sociales feministas persiguen objetivos teóricos y prácticos. Los objetivos prácticos consisten en denunciar la jerarquía que estructura las relaciones sociales entre los sexos, modificar los campos científicos y transformar las relaciones sociales entre hombres y mujeres.

Cuando se habla de relaciones sociales, se parte de estas tres variables: el sexo, la clase social y la etnicidad. Al hablar de relaciones sociales de sexo se da a entender que, en todas las sociedades, las relaciones entre hombres y mujeres se configuran por el tipo de relación social que existe entre ellos. También significa que no se ve las relaciones entre los sexos como producto de “naturalezas” diferentes. Si la posición social de las mujeres es lo que es, se debe que, a lo largo de la historia, se han construido culturalmente ideologías sexuales que legitiman la atribución de roles, estatus y saberes diferentes a hombres y mujeres, siendo ellas las que adquirieron los valores que, normalmente, son calificadas de “inferiores”.

Si el campo de producción artística occidental funciona y es producto de la denegación de la economía, también lo es de la denegación del sexo del artista. Como las obras de arte no tienen sexo, se intenta que todos los sujetos sociales compartan la creencia de que el artista tampoco. Si una persona es realmente un artista, su sexo no será un inconveniente, afirman la historia, la crítica y los galeristas. Por eso podrá crear, obtener reconocimiento social y sus obras lograrán despertar profundas emociones estéticas siempre y cuando sean “verdaderas” obras de arte.

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Un artista necesita que otro hable de él o de ella, le promocione y lo incluya en el registro histórico del arte. Ese es el papel de los críticos del arte, el de buscar nuevos talentos y hacer que la sociedad lo reconozca. Se supone que debería ser objetivo, pero en este campo la objetividad es nula o inexistente, dado que entra mucho la personalidad, el comportamiento y la ideología tanto del crítico como del artista. Los críticos se manejan mucho de acuerdo a sus respectivos prejuicios, valores y creencias por lo que, a veces, resulta que no reconozca a personas que sí tienen talento pero que, por A o B motivo, no “satisface sus expectativas”. Sin embargo, no es necesario prescindir del crítico del arte. A veces, la misma sociedad es la que califica si esa persona es realmente un artista o no, así como también los futuros historiadores y teóricos, al encontrar datos sobre esa persona, puede determinar si vale la pena estudiarlo o dejarlo de lado. La mayoría de las veces sí existen datos de ciertos artistas que no son tan estudiados pero que, con más investigación, se puede apreciar los aportes que brindó al arte y a la cultura.

Es por eso que, aunque la información sea escasa, sabemos que han existido, a lo largo de la historia, artistas mujeres y no occidentales que sí realizaron arte pero que, por su respectiva condición, no fueron valorados. Luego de los diversos movimientos feministas que surgieron en los últimos tiempos, aparecieron historiadoras, antropólogas, teóricas y críticas que, desde sus respectivos campos, se interesaron por el tema y empezaron a rescatar aquellos datos sobre las mujeres artistas. Con el tiempo, algunos hombres también se interesaron por el tema, pero todavía son las mujeres las que se manejan mejor en ese campo dado que, por siglos, los hombres ya tenían establecido que la mujer solo está para servir al hombre, procrear y dedicarse a lo que pertenece a su naturaleza.

La valorización de la mujer, por el momento, va por buen camino. Ahora bien, ¿Qué pasa si no es occidental? si para el hombre no occidental le es difícil que se le reconozca en el ámbito artístico, para la mujer es aún peor. Las feministas han analizado mucho sobre las mujeres, pero muy pocas fueron las que estudiaron con profundidad sobre las indígenas, afroamericanas, orientales o de una cultura diferente a la occidental. En cuanto a los estudiosos que sí se enfocaron en el estudio del arte en otras culturas, cayeron al androcentrismo y dejaron el aporte de la mujer en el arte a un lado. En muchos libros de arte todavía se puede apreciar esas discriminaciones donde, o se enfoca mucho en la mujer y en el arte occidental, o la presencia de la mujer es prácticamente nula y se enfoca en el arte no occidental.

Sin embargo, en las diferentes metodologías e investigaciones, es difícil mantener una actitud objetiva hacia el ámbito artístico. Cada uno tiene su propia personalidad, así como también su punto de vista y, al final, se deja llevar por su ideología que lo lleva a discriminar los datos que va recolectando a lo largo de sus estudios. Por lo tanto, es importante seguir investigando para traspasar los paradigmas del pensamiento, determinar lo que es correcto y, poco a poco, contribuir al desarrollo del arte en la cultura y la sociedad.

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