EL ENFOQUE OBJETIVO – Daniel Jorge Sánchez

La dicotomía del carácter objetivo-subjetivo entre el arte y el conocimiento

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¿Se puede conocer a través del arte? La respuesta inicial que se hace es que no. El conocimiento es algo objetivo y el arte es algo subjetivo. Por tanto no puede tener valor de conocimiento. Esta respuesta básica y contundente encierra un montón de conceptos implícitos que determinan un lugar del arte y el conocimiento en el mundo.

En el caso del arte, entenderlo de tal modo implica limitarnos a una dimensión del concepto1, que con variantes se ubica en la cultura europea, devenida en “universal” del siglo XVII a la fecha y hecha teoría en el siglo XVIII- XIX.

Esta dimensión conceptual del arte está asociada fundamentalmente al pensamiento de Inmanuel Kant. Él en su estructura de pensamiento, ubica al arte en el marco del placer estético. Si bien a la fecha existen debates teóricos respecto a los alcances y características de ese placer estético, en el circuito generado en torno a la producción-consumo, la enseñanza, la construcción institucional y la teoría del arte a partir del siglo XVIII, el concepto de bellas artes es el que predominó.

Un concepto que presenta una idea de arte autónomo, asociado a la idea de belleza o de perfección en el marco de un juicio crítico pero en general inefable , alejado y a veces hasta considerado opuesto a las pautas de racionalidad que enmarcan el conocimiento válido, el científico.

Del mismo modo sucede con el concepto de conocimiento. Desde la Antigua Grecia, Platón diferenció la doxa de la episteme, esto es el verdadero conocimiento de la mera opinión. Mientras la doxa es propia de los sofistas y la democracia, que se refugian en modelos inferiores del conocimiento como son la imaginación y la creencia, la episteme es la capacidad de conocer la realidad.

Desde esta perspectiva arte y conocimiento no son compatibles porque pertenecen a distintas esferas: “…el estético, perteneciente a la esfera de la sensibilidad, y el gnoseológico, que no obstante estar enraizado en la sensibilidad está enriquecido con una cualidad emergente: la razón…” (Bunge, 2003: 14). El término razón está explicitado aquí desde el marco teórico del pensamiento moderno antes citado.

Sin embargo, a partir del desarrollo de las llamadas industrias culturales a lo largo del siglo XX y la emergencia del llamado kitsh, el denominado proceso teórico del arte contemporáneo, que referencia un arte donde el objeto-obra actúa como simple dispositivo y el desarrollo de múltiples lenguajes y construcciones análogas de percepciones y experiencias de realidad en soporte informático y digital, el concepto tradicional de arte perdió pertinencia para abordar estas nuevas producciones o construcciones simbólicas.

Los antecedentes en el empirismo británico y el pensamiento ilustrado del siglo XVIII

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Durante el desarrollo del siglo XVIII, se fue consolidando el paradigma artístico del discurso moderno, asentado en el carácter autonómico, subjetivo, regulado por los sentidos y la problemática del gusto.

Francis Hutcheson, a diferencia de su maestro Shaftesbury “…cierra el paso a una consideración del valor cognoscitivo del gusto…” (Arregui, 1995: 13).

Tomando como referencia el pensamiento de María Antonia Labrada (2002) sobre el filósofo escocés del siglo XVIII se afirma que: “…la belleza ya no es considerada como un peculiar resplandor de la verdad por el que la realidad se nos hace cognoscible, sino algo cuya captación resulta problemática…” (Labrada, 2002). De este modo, la belleza no es una propiedad de las cosas, sino una idea en la mente del sujeto “…causada contingentemente por una propiedad de las cosas…” (Arregui, 1995: 13).

Del mismo modo, los escritos de los filósofos ilustrados franceses, fueron virando el concepto clásico de las reglas del arte fundadas en la razón, hacia una problemática de gusto, anclada en la subjetividad, pero guiada por la racionalidad, ya no en un campo cognitivo, o en todo caso en un grado menor respecto al conocimiento científico, ya que está fundada en la “inmediatez del discernimiento”, sino unido a lo ético-político, en función de la construcción progresiva de un ideal de sociedad.

El apriorismo conminativo. Kant. Adorno

Esta categorización de lo artístico predominó en el pensamiento académico tradicional de la enseñanza teórica y práctica de las artes y tiene vigencia hasta el presente. Básicamente plantea la paradoja subjetivo-universal kantiana (Cauquelin, 2012: 59) que permite adecuar el proceso artístico a la noción del sujeto moderno y a su vez mantener el aspecto universal y a-histórico de lo artístico propio de la concepción clásica del arte, a partir de un fundamento racional.

El criticismo lógico. Popper. Gombrich

Este modelo analítico está fundado en las teorías de conocimiento de Karl Popper sobre las ciencias sociales y trasladadas al ámbito de las artes por el historiador del arte Ernst Gombrich. Se considera al proceso artístico como un proceso autónomo, alejado de los modelos historicistas basados en esquemas dialécticos progresivos, pero sujeto a su entorno histórico y social, a partir de lo que Popper denominó la lógica de situación.

Asimismo el carácter autónomo del proceso artístico, presente en el modelo clásico a partir de la idea de perfección técnica y belleza, presente en el esquema apriorístico kantiano, adquiere dinámica histórica a partir de situar el proceso en un entorno espacial y temporal, que actúa como factor influyente para el grado de valoración del mismo, en una dinámica integrada entre tradición e innovación.

La dialéctica progresiva. Hegel. Marxistas

Según la tesis fundamental de Hegel, el arte realiza plenamente sus posibilidades, cuando le transmite al hombre una autoconciencia histórica, en cuanto concepción intuitiva del mundo, el arte le da al hombre una respuesta a sus necesidades de sentido y orientación en él.

La dialéctica relacional. Marx. Benjamin

Otra característica que fue incorporada al proceso artístico, a partir del aporte del concepto de dialéctica en el sistema de pensamiento hegeliano, pero especificado de modo más concreto por Marx, es su carácter relacional y la implicancia del “sujeto empírico” o “real” (Soler Alomá, 2006) en la “experiencia” del arte. Esta característica supera por un lado la división que establecía Kant entre realidad y pensamiento y por otro la supremacía de este último como productor de realidad que se establecía en Hegel.

De este modo se entiende al arte como construcción histórica y social y por tanto inserto para su estudio, en el campo de las ciencias sociales a partir de un proceso epistémico que involucra al sujeto empírico.

Fuente:

Epistemología de las Artes. La transformación del proceso artístico en el mundo contemporáneo. Editorial de la Universidad de La Plata. Coordinador: Daniel Jorge Sánchez (2013)

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