LOS ESPACIOS-TIEMPO DEL INTERCAMBIO (NICOLÁS BOURRIAUD)

Las obras y los intercambios

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Una obra de arte posee una cualidad que la diferencia de los demás productos de la actividad humana: su (relativa) transparencia social. Si está lograda, una obra de arte apunta siempre más allá de su simple presencia en el espacio; se abre al diálogo, a la discusión, a esa forma de negociación humana que Marcel Duchamp llamaba «el coeficiente de arte», un proceso temporal que se desarrolla aquí y ahora.

En el comienzo del arte se encuentra el comportamiento del artista, el conjunto de disposiciones y de actos que confieren a la obra su pertinencia en el presente. Lo «transparente» de la obra de arte nace porque los gestos que la forman y la informan, elegidos o inventados libremente, forman parte de su tema.

Esa transparencia relativa, que es en principio la forma del intercambio artístico, le es insoportable al beato. Se sabe que cualquier producción, cuando llega al circuito de los intercambios, toma una forma social que no tiene ya nada que ver con su utilidad original: adquiere un valor de intercambio que cubre y esconde en parte su «naturaleza» primera.

La práctica del artista, su comportamiento como productor, determina la relación que mantiene con su obra. Dicho de otra manera, lo que el artista produce en primer lugar son relaciones entre las personas y el mundo.

El tema de la obra

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Cada artista cuyo trabajo se relaciona con la estética relacional posee un universo de formas, una problemática y una trayectoria que le pertenecen totalmente: ningún estilo, ninguna temática o iconografía los relaciona directamente. Lo que comparten es mucho más determinante, lo que significa actuar en el seno del mismo horizonte práctico y teórico: la esfera de las relaciones humanas.

Todos afianzan su práctica artística en lo cercano que, sin querer despreciarlo, relativiza el lugar que ocupa lo visual en el protocolo de la exposición. La moda crea así microclimas estéticos cuyos efectos llegan hasta nuestra propia lectura de la historia reciente: dicho de otra manera, el tamiz organiza de manera diferente la trama de su red, y «deja pasar» otro tipo de trabajos, que finalmente influyen en el presente.

Ahora bien, en lo que se refiere a los artistas relacionales estamos en presencia de un grupo que por primera vez desde la aparición del arte conceptual, a medidados de la década de 1960, no parten en absoluto de la reinterpretación de tal o cual movimiento estético pasado; el arte relacional no es el «renacimiento» de un movimiento o estilo. Nace de la observación del presente y de una reflexión sobre el destino de la actividad artística.

El espacio en el que las obras se despliegan es el de la interacción, el de la apertura que inaugura el diálogo (Georges Bataille habría escrito «desgarro»). Las obras producen espacios-tiempo relacionales, experiencias interhumanas que tratan de liberarse de las obligaciones de la ideología de la comunicación de masas, de los espacios en los que se elaboran; generan, en cierta medida, esquemas sociales alternativos, modelos críticos de las construcciones de las relaciones amistosas.

Los contratos estéticos y los contratos sociales son así: nadie pretende volver a la edad de oro en la Tierra y sólo se pretende crear modus vivendi que posibiliten relaciones sociales más justas, modos de vida más densos, combinaciones de existencia múltiples y fecundas. Y el arte ya no busca representar utopías, sino construir espacios concretos.

Espacios-tiempo en el arte de los años noventa

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Los procedimientos «relacionales» (invitaciones, audiciones, encuentros, espacios de convivencia, citas, etc.) son sólo un repertorio de formas comunes, de vehículos que permiten el desarrollo de pensamientos singulares y de relaciones personales con el mundo. La forma que cada artista le da a esa producción relacional no es inmutable: los artistas encaran su trabajo desde un punto de vista triple, a la vez estético (¿cómo «traducirlo» materialmente?), histórico (¿cómo inscribirse en un juego de referencias artísticas?) y social (¿cómo encontrar una posición coherente en relación con el estado actual de la producción y de las relaciones sociales?).

Cuando el arte relacional se refiere a situaciones y métodos conceptuales o de inspiración Fluxus, o a lo Gordon Matta-Clark o Robert Smithson o Dan Graham, es para mezclar modos de pensar que no tienen nada que ver con los suyos. La verdadera pregunta sería más bien ésta: ¿cuáles son los modos de exposición justos en relación con el contexto cultural y la historia del arte tal como se actualiza hoy? Podemos hablar de comunicación pero, con respecto a sus pares de la década anterior, los artistas de hoy se sitúan en las antípodas en cuanto a la utilización de los medios: donde aquellos encaraban la forma visual de la comunicación de masas y los iconos de la cultura popular, Liam Gillick, Miltos Manetas o Jorge Pardo trabajan sobre modelos reducidos de situaciones de comunicación. Esto se puede interpretar como un cambio en la sensibilidad colectiva: el grupo contra la masa, el vecindario contra la propaganda, el low tech contra el high tech, lo táctil contra lo visual. Y sobre todo, lo cotidiano parece ser hoy un terreno mucho más fértil que la «cultura popular», forma que sólo existe en oposición a la «alta cultura» y a raíz de ella.

El arte de hoy nos obliga a pensar de manera diferente las relaciones entre el espacio y el tiempo: es lo esencial, allí reside su mayor originalidad.

Fuente:

ESTÉTICA RELACIONAL – Nicolás Bourriaud

Imágenes extraídas de distintos sitios web

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